12 de abril de 2013
Escrito por Miguel Méndez
Ni que decir. Se pasan los días, los meses, los años y uno piensa que todo es por la edad, o la costumbre, o cuestiones políticas o el cambio climático. Vaya usted a saber. Lo cierto es que hablas y crees que te escuchan, pero solo te miran con esos ojos vacíos de ideas, puedes mirar sus labios resecos porque han perdido -hace mucho- la pasión que los trajo a esta casa -¿de estudios o de intercambio comercial?- y mirando apurados su reloj (porque a las 5 menos 10 hay que empacar, guardar el ordenador, apurar el último sorbo al café y regresar a donde uno es rey y señor). No te queda mas que reír para ti mismo, esbozando una sonrisa al tiempo que te preguntas si de verdad es que no se dan cuenta de la ironía de lo que dicen y verles verter una perorata absurda, un discurso camaleónico que se adapta a las circunstancias: si ayer te dije verde, pero tu querías rojo, hoy que es verde acepto tu derecho a que sea rojo, pero hay que cepillar todo el muro, remover los rastros de la pintura cara (roja) que se empleo para cubrirlo y usar un pequeño bote de pintura verde -de la de mala calidad- para repintarla. Y por favor: para mañana antes de las 10, que ya sabes que esto urge. Siempre urge, siempre no hay tiempo para hacer las cosas bien y de buenas, como los camaradas que se supone que somos, ¡vaya! como las mentes ingeniosas -y todavía jóvenes- que pensamos que somos y que para eso nos contrataron. Los ves agachar la cabeza, mirar al suelo, esquivar la palabra. Pero descubres también esa chispa del deseo de cambiar, de mirar a otra parte, de gritar su opinión. No. No era eso, era otra vez el reflejo de ese reloj. Tic tac tic tac tic tac, intentando arrebatarles el mundo. Intentando liberarlos de esta realidad. ¿Qué tal si esta vez hacemos las cosas diferente, por ejemplo, cómo debieran de ser?
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